viernes, 20 de marzo de 2009

El zapatero de las hadas 1era parte

- Un quéeeeeeeeee?!!! - rugió mi padre
- Un lepracaun- repetí en un susurro, muerto de miedo.


Según yo, no había porque enojarse tanto. Sabía que mi padre era un señor muy serio, minero de toda la vida, que no creía en hadas, gnomos, ni nada por el estilo. La verdad era que dirigía la vida de nuestra familia como si fuera un general, y tambien siempre me exigía las mejores calificaciones, aunque para ser sincero, los últimos tres meses apenas si había pisado la escuela. No porque me desgustara realmente, no, sino porque me quedaba jugando por los bosques que rodean la escuela con mis amigos de mundos que otros llaman imaginarios, pero que YO, Bruno Mondragón Cavazos, podía ver con toda claridad.

No era un secreto para mí que habitaban en mi pueblo gran cantidad de personas que eran incapaces de percibir el fascinante conjunto de seres que poblaban los alrededores y transitaban por las casas. Desde que yo tenía cuatro años (y ahora acabo de cumplir 10) había entendido con la amorosa ayuda de mi madre, que no a todas las personas les era permitido ver a aquellos seres pequeñitos, en ocasiones extraordinariamente bellos y a veces de lo más chistosos, que vivían dentro de los troncos de los árboles y en otros sitios extraños.

- Sólo las personas que hemos nacido con destellos de sol en el fondo d elos ojos somos capaces de distinguirlos, Bruno- me dijo ella-, pero es mejor que no seas muy comunicativo al respecto, porque casi nadie lo comprende. Bastará por un momento con que podamos verlos tú y yo. Será nuestro secreto.

Así había sucedido, y todo anduvo bien hasta unos meses atrás. Yo solía hablar con mi madre de los mundos maravilloso a los que ambos teníamos acceso, de lo feliz que era ella por tener un hijo como yo, y de otras cosas similares, mientras que, en cambio, con mi padre acostumbraba a platicar sobre el trabajo que él realizaba para sacar adelante la mina, y sobre el valor que le daba a que todo niño tuviera un alto aprovechamiento escolar, lo cual a mí en realidad no me interesaba, pero de igual forma tenía que hacerlo.

En áquellos tiempos yo solía ver a las criaturas que casi todos denominaban fantásticas, y era cierto, ya que jamás en mi vida ví cosa igual. No se comunicaba mayor cosa con ellas. Bastaba con que, por ejemplo, al pasear por los campos que rodeaban la mina, mi madre dijera: - Mira Bruno, ése es un gnomo; por lo general viven bajo la tierra y se mueven a través de ella, tan fácilmente como si volaran por el aire.
- ¿GNOMO? - preguntaba yo- qué nombre tan raro mamá!-.
- Viene de genomus, es decir, de gema. Precisamente son ellos los encargados de cuidar los tesoros de la tierra. - Y añadía: hay muchos cerca de aquí por causa de la mina. Es natural ¿no crees?-.
En una ocasión vimos a una señora con alas muy bonita que parecía toda hecha de luz, y mi madre dijo que era un hada. Que yo siempre debía ser muy cortés con ellas, porque nada aprecian más las hadas que las buenas maneras.. aunque en realidad, ella quería que siempre mostrara respeto por todos los seres, ya fueran de este mundo o del fantástico, personas o animales. Quería que fuera un hombre de bien!


Ah, una vez también vimos a un hombrecillo que me llegaba a la cintura, parecía tener muchos años y llevaba un gorro rojo. Manejaba el pico y la pala con una gran fuerza. Yo señalé que era muy extraño que no dejara rastro de nada, y mi madre entonces me explicó que era un goblin. Su trabajo no se ve, pero resulta muy importante. También dijo que debía tener mucho cuidado con ellos, porque parece que sólo están trabajando las excavaciones d elos yacimientos, pero en realidad están removiendo obstáculos y arreglando las cosas desde lo más profundo.Añadió que aunque mi padre no lo sabía, fue un globin quien arregló que se conocieran. El globin había dicho que era conveniente que un minero como él tuviera una mujer como ella para que se suavizara un poco y no fuera tan malhumorado con todos en la mina. Después de eso nací yo.

Así fui aprendiendo todo lo relacionado con las habilidades que los destellos de sol me habían conferido, y me sentía muy feliz de pertenecer a dos mundos: al mágico de mi madre y al real de mi padre.

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